La cena-fiesta de inauguración del pisito fue todo un éxito. Si, si, los comensales la pusieron un 10, ni más ni menos, claro que, eran amigos y que otra cosa iban a decir, jeje. Aunque, ahora que lo pienso, son como de la familia y había confianza más que suficiente como para decir lo contrario y reírnos todos. En cualquier caso, Romeo y yo quedamos satisfechos con el resultado y eso que, 30 minutos antes de que comenzaran a llegar los invitados, yo experimenté un momento de terror absoluto y creí que aquello saldría mucho más que mal. Os cuento:

Ya os adelanté que hubo que hacer la cena un día antes de lo que estaba previsto por motivos ajenos a nosotros, los organizadores, así que el jueves tuvimos que ir corriendo al supermercado a comprar todo lo necesario y, después, a casa a limpiar y dejarla reluciente, porque oye, aunque los invitados sean como de la familia, lo cortés no quita lo valiente. Ya teníamos pensado el menú desde el miércoles, pero hubo que hacer cambios de última hora porque, como en principio la cena iba a ser el sábado, Romeo tenía planes para el viernes por la tarde y, como ya sabéis, yo no es que sea una cocinera experimentada, así que la idea de encargarme yo de hacerlo todo no era viable si queríamos que la cosa saliera medianamente decente. Por eso hicimos un cambio de menú, para que yo pudiera ir adelantando algo por la tarde hasta que Romeo llegara a casa a eso de las 20:30 horas. Sin embargo, Romeo llegó a las 21:45, si, si, 15 minutos antes de la hora prevista para el comienzo de la cena. El coche le dejó tirado, en fin…sin comentarios. Pero me estoy adelantando. Veamos: el caso es que yo llegué a casa a eso de las 17:00 horas y lo primero que hice fue poner la mesa. Tuve que mover muebles del salón para hacer espacio y, como no podía ser de otra manera, al acoplar la mesa desplegable de la cocina a la mesa del comedor del salón, como habíamos planeado (para todo esto tuve que vaciar todas las mini baldas y cajones de la mesa de la cocina que estaban llenas de libros de cocina, manteles, servilletas…en fin, de todo un poco, y subirlas a una balda que está por encima de los armarios y que tiene la función, normalmente, de aguantar un millón de flores que nos dan color y alegría a nuestra mini-cocina, para así poder tener un poco más de espacio y cocinar a gusto), pues eso, que al acoplar la dichosa mesa de la cocina a la otra, me di cuenta de que así no había forma humana de poner una mesa para tanta gente. Pánico absoluto y finalmente, una solución improvisada: desalojar el escritorio desde el que escribo ahora mismo, que no es otra cosa que una tabla con patas, y utilizar el mismo. Así que, otra vez la mesa de la cocina a su sitio y, por supuesto bajar todas las cosas de la dichosa balda y volverlas a colocar. Luego, a la habitación pequeña a desmontar todo el tinglado.

Aquello que se me antojó fácil en un primer momento, resultó ser una misión prácticamente imposible. Resulta que la habitación es muy pequeña y entre la mesa y un mini-sofá que ya estaba cuando llegamos al piso, y el tendal y todos los juguetes de Cucurucho y un millón de cosas más, (no en vano es la ¨habitación desastrastre¨), pues era casi imposible poder moverse, y mucho menos bajar el ordenador con torre y todo, y la impresora y los altavoces y los apuntes y, en fin, un largo etcétera de cosas, sin desmontar nada porque aquello estaba todo lleno de cables y yo no me atrevía a meterles mano sola (para eso soy un desastre). Y no solo eso, que luego había que desmontar la mesa para poder sacarla, llevarla al salón y volver a montarla. Ya digo: pánico y más pánico. No obstante, como buena tozuda que soy, lo conseguí, aunque no os voy a contar el proceso porque es largo y humillante para mi persona y prefiero ahorrármelo.

Una vez acopladas ambas mesas, decidí relajarme y disfrutar, que para eso era la fiesta de inauguración de mi nidito de amor. Así que empecé a poner la mesa con mucho mimo y alegría. Y esto si lo conseguí, aunque primero tuve que dar un repaso a la vajilla y las copas, y sacarle un poco de brillo a la cubertería.

Me quedó preciosa, claro que difícilmente podría haber quedado fea porque es una vajilla increíblemente bonita, japonesa, regalo de mi santa madre y, además, tenía hasta las servilletas a juego. Por supuesto puse velitas pequeñas, para dar ambiente y también por los fumadores, y en algunos portavelas puse flores flotando en agua, que me iban que ni pintado con los dibujos de la vajilla y que llamaron mucho la atención dicho sea de paso.

Luego empecé a cocinar. Preparé unos canapés rellenos de una crema de aceitunas negras que gustaron mucho; hice unos rollitos pequeñitos de pimiento verde rellenos de tortilla de patata y cortados en plan...sushi, ya me entendeis, que también llamaron mucho la atención; verduritas variadas fritas con tempura, mmm; queso, bueno esto no lo hice yo claro; una ensalada rica-rica, y bueno, más cosas, todo en plan picoteo para tomar antes del segundo plato. También preparé, siguiendo las instrucciones de Romeo, un sorbete de limón para poner entre los entrantes y el segundo.

Luego, como me parecía que iba bien de tiempo, me vine al blog a publicar un post que iba a ser brevísimo, mientras cocía unas patatas para ponerlas al ali-oli. Por supuesto me enrollé como las persianas y se me fue el santo al cielo, así que las patatas se me pasaron (las comimos al día siguiente en vinagreta) y tuve que llamar a Romeo para que, de camino a casa, parara a comprar más patatas.

Me estoy enrollando mucho, el caso es que, como ya dije, Romeo llegó 15 minutos antes que los primeros invitados y todavía había muchas cosas que hacer, bueno que tenía que hacer él, así que yo me agobié viendo pasar los minutos y me puse manos a la obra, y menos mal que el segundo plato, pimientos rellenos, ya lo teníamos listo, que si no... Y como digo, el resultado fue un 10, claro que el mérito no fue solo nuestro porque el postre le hizo mi madre que, como ya he dicho es una santa: un riquísimo flan que yo decoré, porción a porción, con dos rosetones de nata y un par de frambuesas. Pero solo la dejé hacerlo porque no tenemos horno (bueno ya si, fue una compra del fin de semana) y con el cambio de planes no me daba tiempo a hacerlo al baño maría. Bueno, por eso y porque el flan de mi madre es famoso y sabía que todos los invitados iban a estar encantados con el susodicho flan de mi santa madre.

Por lo demás, no paramos de reírnos. Carcajadas y carcajadas entre bocado y bocado y, después, entre copa y copa. Hacía mucho tiempo que no me reía tanto. Llegó un momento que pensé que no podía reírme más sin que la cosa no derivara en unas agujetas agudas, que dolor de tripa de tanto reír. Increíble. Lo pasamos bien, jeje, hay que repetirlo.

Se marcharon a eso de las 3:30 de la madrugada ,y se fueron porque hacía tanto calor que no había forma de estar en el salón sin abrir las ventanas de par en par, y, con las ventanas abiertas en un segundo piso de un barrio tranquilo de un pueblo, metíamos ruido aún cuando no era así.

El sábado hubo que limpiar nuevamente, claro, pero cuando me levanté Romeo ya había desalojado la mesa, montado el escritorio donde estoy ahora mismo y colocado los muebles del salón en su sitio. Además ya había fregado lo gordo. Así que desayuné tranquilamente y luego le tomé el relevo y acabé la faena. Y como tenía resaquilla, si, si, pues pasamos la tarde en el sofá viendo la última temporada de ¨Perdidos¨, a la que estoy enganchada- enganchadísima. Y el domingo, pues más de lo mismo: dormir y sofá con los últimos capítulos de la serie y, también, palomitas y mimos a Cucurucho, que la tía se portó como una campeona en la cena y estuvo encantadora con todo el mundo, dicho sea de paso. No hacía día para nada más, llovía, y, como ya sabéis, gusto de disfrutar de la lluvía a través de los cristales y, además, estaba muuuuuuuuuy cansada.

Y aunque ya he cogido carrerilla como habréis podido notar por la extensión de esto que más parece un testamento que un post, tengo que dejaros porque Romeo reclama mi ayuda para hacer la ¨cena temática¨ de hoy lunes, esto es, comida mexicana, mmmm, fajitas con verduritas y salsa de tomate y nachos con guacamole (a Romeo le sale estupendo) al horno. Por supuesto es mucho más de lo que mi culo puede soportar, pero oye, la vida es corta y hay que disfrutar.

Y eso es todo. Vale, vale, …ya se que estoy un poco vaga y que todavía tengo un post pendiente y comentarios sin responder y, en fin…que tengo deberes cocteleros, pero darme tiempo y todo se andará.

Por cierto, Villarina sigue mejorando, ¡que bien!.

Muuuuuack!!