Vale, definitivamente la playa no está hecha para Romeo y para mí. O bueno, más bien seremos nosotros los que no estamos hechos para la playa.
Pero que digo yo que tampoco hacía falta un viento huracanado para hacérnoslo ver. Que se puede ser más sutil. No se, bastaba con que se nublara un poco, por ejemplo. Pero noooooooo, ella, la playa digo, tenía que hacerlo a lo grande, y ¡hale!, venga ráfagas de viento para un lado y para otro. Y además de pronto, sin venir a cuento. Y claro, mi pelo, a fuerza de ir también para un lado y para otro, completamente alborotado y metiéndoseme en los ojos y… en fin, un desastre total, porque, creerme: aunque en una sesión fotográfica de súper modelos eso de la melena al viento pueda resultar encantador, éste no era el caso. Que no, que no, que ni de coña. Que no sabéis los pelos que tenia cuando llegué al coche después de huir de allí (porque eso fue lo que hicimos, huir como cobardes). Madre mía, como sería la cosa que le pregunté a Romeo si estaba muy mal, y él, (que hay que aclarar que aunque un día me diera por ponerme un árbol de navidad con luces y todo en la cabeza, no se daría ni cuenta), me dijo: - pues hombre, tal vez deberías peinarte un poco, jajaja- ¡y me lo dijo sin mirarme si quiera!, vamos, que ya se había dado cuenta de mi aspecto enajenado antes de que yo le preguntara nada. ¡Ja! Que gracioso, ¿peinarme dices?, claro, claro, si puedo meter el peine igual hasta lo consigo.
Pero la cosa no acaba aquí, que va, porque el viento no solo movía mi pelo, también la arena, claro. Un consejo: nunca despreciéis el daño que un grano de arena puede hacer. Oye, que hablo en serio, que muchos granos de arena impactando contra tu cuerpo a unos mil kilómetros por hora (porque esa debía ser la velocidad del dichoso viento, que si, que sí, sin exagerar), pues eso, que raspan mucho, pero mucho-mucho. Por no hablar de que se cuelan por el bikini, se meten en los ojos, en las orejas, en el termo de té rojo que llevaba para acompañar (ilusa de mi) la lectura que tenía planeada después de darme un baño refrescante, que, obviamente, tampoco pude darme…en fin, que se meten por todas partes y molestan, los granos digo. Mucho.
¿Qué decís? ¿Qué como es que no me bañe? Pues veréis, por varios factores combinados:
1º.- Cierto es que el sol brillaba esplendoroso en lo alto, vamos, que calor hacía, pero con ese viento soplando sin parar, a veces teníamos hasta frío, y claro, eso como que no motiva mucho a darse un chapuzón (luego por la noche, que es cuando hace falta, no corre el aire, por supuesto).
2º.- Romeo no quería bañarse, no le apetecía. Ya, ya, os preguntáis porque no me bañé sola. Pues también por varios motivos:
- Porque bañarse sola es más aburrido.
- Porque la bandera estaba amarilla y yo soy un poco cagueta con esas cosas. Vamos, que le tengo respeto al mar, y sola mucho más.
- Porque los que teníamos al lado hablaban de que el agua estaba lleno de medusas y uff…por muy bonitas que me parezcan, pensar que pueden estar moviéndose entre tus piernas y que te pueden picar y…en fin, ya me entendéis.
3º.- Y el tercer factor, muy relacionado con el segundo, tiene que ver con la marea. Estaba tan, tan baja, que el mar apenas era una fina línea en el horizonte. Y por supuesto que hubiese molado darse un paseo tranquilo hasta el mar para luego sumergirse entre sus espumosas olas y disfrutar de la refrescante sensación del agua en la piel después de caminar largo rato bajo el sol para llegar al agua, y…, bueno, pues eso, pero recordemos que hubiera tenido que haberlo hecho sola, bañarme digo (por lo del segundo factor), y después, con mi nula orientación, hubiese necesitado un mapa para encontrar a Romeo en la arena, porque, y pensarlo bien: si desde la arena el mar era una delgada línea en el horizonte, imaginaros que seria Romeo en la arena, entre tanta gente, visto desde el mar, apenas una hormiguita, ni eso. Y encima sin las gafas puestas, porque lo de bañarse con ellas como que no es muy practico que digamos, y claro, yo sin gafas ya puedo tener delante a Mister Universo que ni me entero. En fin, que el riesgo de perderme y de que los socorristas tuvieran que llamar por el megáfono a mi amor para que viniera a rescatarme atravesando aquel huracán de viento y arena, como que no lo veía claro, que no, que no.
Al final, completamente indignada, opte por pasar del libro (imposible de leer con arena y pelo en los ojos), del té rojo, de bañarme, y hasta de tomar el sol (que era lo menos arriesgado visto lo visto), y opte por tumbarme de lado, pues se me antojo que esa era la postura menos peligrosa, quiero decir que me parecía que así impactaban menos granos de arena asesinos sobre mi persona. Además, podría enroscar mi melena bajo la cabeza, (obviamente tampoco tenia una goma de pelo), para que no se me alborotara mas, si es que eso era posible a esas alturas. Y, finalmente, en esa posición, me quedé quieta, inmóvil más bien, no fuera a ser que la cosa se pusiera peor. Pero al rato, unos nenes de unos tres añitos, lindíiiiiiiisimos, se pusieron a mi espalda a jugar con la arena y me di la vuelta para observarlos porque estaban graciosísimos con una pala gigante que tenían, ¡madre mía, era enorme!, en serio, jajajajajajaja, casi no podían con ella. Y en eso estaba cuando un grupo de adolescentes (que ahora, al darme la vuelta, quedaban a mi espalda), me dio un balonazo con una pelota que, si bien no me dolió, fue la gota que colmo el vaso de nuestra ¨estupenda¨ tarde de playa. Cogimos nuestras cosas y huimos de allí lo más rápido que nos dejaron nuestros pies, con Romeo riéndose de mí, por supuesto.
Así que ahora tengo el pasillo de casa lleno de arena, el pelo con un millón de nudos, un balonazo en el muslo y una raya roja del sol en todo mi costado derecho.
Eso si, no voy a necesitar exfoliar mi cuerpo en mucho tiempo, que de eso ya se ha encargado la tormenta de arena. Eso lo tengo claro. Bueno, eso y que no vuelvo a la playa sin una sombrilla gigante con la que resguardarme del sol y del viento, y sin un par de conos de esos de las obras, para señalizar la posición de Romeo digo, ya sabéis, por si me apetece darme un baño, o, ahora que lo pienso, igual me van mejor un par de señales luminosas de neón.
¡No somos nadie!
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bruxana
23 jul 2008 | 08:35 PM
Ja, ja, ja...
Hola Julieta:))
Dantesco tu relato. Pero que me lo creo, vamos, que no me río de tí sino contigo...
No soporto el viento. Me gusta que llueva (vale... igual dos meses sin parar es un tanto cansino..., pero me gusta la lluvia). Llevo fatal el calor, pero como sé que es inevitable... me aguanto. El frío se suele quitar tapándose y poniendose capas de ropa cual cebolla. Pero, el viento... lo siento, es superior a mí.
Tengo un post que tuvo mucho éxito (a tenor del número de comentarios) en que hablo del viento, entre otras cosas:
http://www.espacioblog.com/bruxana/post/2008/01/16/viaje-fallido-...
Para días así (en general e incluso sin viento: de piscina, playa, campo... compras en la ciudad) suelo llevar una goma de felpa en la muñeca. Igual no hace falta... pero si se levanta aire, por ejemplo, lo de la trenza rápida suele ahorrar bastante tiempo en dar tirones posteriores... Y me repito a mí misma que aún mejor es llevar algún tipo de diadema "por si acaso", pero me la suelo olvidar. Y, de hecho, basta que haga falta para que muchas veces también me haya dejado la goma en casa...;)
Pero, vamos, que en tu caso igual habías aprovechado mejor el tiempo quedándote en casa con el libro, el té, buena música (la buena compañía ya te la llevaste puesta, así que se presupone). Aunque intentaremos ver el vaso "medio lleno": te ha dado para hacer este post...;)
Un beso grande, guapa:))
gwenda
23 jul 2008 | 08:36 PM
Jajaja, vaya día de playa... yo y la arena nunca nos hemos llevado bien, los días que hay algo de viento ni me planteo ir. Ya de pequeña no soportaba que la rena me tocara, siempre encima de la toalla, lo de enterrarme, vamos ni de coña, ni castillos, ni palacios, ni nada de nada.
El otro día cuando fuimos a la playa me molestaba la arena, pero con la sillita y la familia pendiente del nene me pude relajar, además sabía que teniamos la piscina y ducha al lado, que sino... no se que hubiera sido de mi.
Pues, como bien dices ¡No somos nadie!
Besitos, sin arena (jijiji)
clitoris
24 jul 2008 | 12:46 PM
Pero, ¿cómo es posible que no te haya enlazado aún? Perdona mi despiste y disculpa la demora. Lo hago en un santiamén.
Besitos, guapa:).
curarme-de-ti
24 jul 2008 | 01:32 PM
Jajaja, por dios, lo que me he podido reír con tu relato. Pero, tienes razón, me ha tocado sufrir una vez en una playa de Portugal una tormenta de arena como la que cuentas y al final terminamos atrincherados bajo la toalla como si fuera una tienda de campaña (y cualquiera se metía en el agua!!!). En fin, que tendréis que seguir intentándolo, a ver si con suerte la próxima vez no sucede nada y podéis daros un chapuzón tranquilos, sin estar rodeados de medusas, demasiada gente o granos de arena asesinos ;)
Y yo aprovecho para despedirme por unos días y mandarte miles de Besiños. A mi vuelta intentaré leer todo lo que hayas contando en mi ausencia, que no me quiero perder ni un solo capítulo! Cuidate, linda!
clitoris
28 jul 2008 | 10:38 AM
Desconozco si has estado por mis islitas Canarias, pero aunque no hayas ido nunca, supongo que sabrás que la mayor parte de sus playas son de arena negra volcánica. Pues bien, en Tenerife, junto a su capital, Santa Cruz, existe una playa enorme y preciosa llamada la Playa de Las Teresitas.
Originalmente era de piedras y arena negra, pero cuando yo era bien pequeñita trajeron arena dorada del Sahara -toneladas y toneladas- y, desde entonces, tiene el aspecto de una playa caribeña. Lo malo es que cuando hace viento, las personas pasan a convertirse en croquetas humanas apaleadas por la brisa. Al ser una arena tan fina se levanta con la más mínima ráfaga y estás comiendo arena tres días, además de dolerte todo el cuerpo, jeje.
Me lo has recordado con tu simpático artículo.
Besitos, linda:).