No nos habíamos visto desde diciembre. Y antes de eso, desde el verano pasado. Y antes, desde hacía, al menos, cinco años. Así que os imaginaréis que teníamos muchísimas cosas que contarnos. Al menos, eso era lo que esperábamos las dos. Pero ya sabéis que a mí nunca me salen las cosas como espero, y, esta vez, no iba a ser una excepción.

Pero empecemos por el principio.

Molly y Sam (ya, ya se lo que estáis pensando, algo como esto: ¿¿¿eeeeeeeh???, ¿a que sí?. Vale, me explico: me refiero a mi amiga de la Universidad y a su pareja, ya sabéis, los que iban a venir a pasar unos días con nosotros, pues esos. Bien, pues no estoy muy inspirada así que he optado por ponerles el nombre de los protagonistas de ¨Ghost¨, no porque su historia tenga algún parecido con la que nos cuenta la famosa película, (menos mal, por otro lado), sino porque la cerámica es importante, al menos de alguna manera, en la vida de Molly, y con Molly ahora me estoy refiriendo a las dos, la de la película y mi amiga. Esa es la única similitud. Sin más. Vale, vale, estoy loca pero el calor me nubla el cerebro, ¿que queréis?).

Pues como iba diciendo, Molly y Sam llegaron el jueves a media tarde y, desde entonces hasta el domingo por la mañana, no paramos ni un segundo.

El reencuentro fue genial: abrazos, conversaciones atropelladas, risas, cervecita, y hasta un regalito muy chulo que nos habían traído de la Expo, de donde venían de pasarlo en grande según nos contaron. Luego dimos un paseo por el pueblo para que conocieran el entorno y quedaron encantados. Lo que más les llamó la atención fue el verde del paisaje, las montañas y árboles, y los grandes prados, y también el silencio y el olor, jejeje…según dijeron despertar con el olor a hierba recién segada y entre tanta tranquilidad fue un lujo para ellos. Para Romeo y para mí todavía sigue siéndolo, la verdad sea dicha.

Después cenamos tranquilamente y a la cama, que el viaje había sido largo, y, en mi caso, al día siguiente tenía que trabajar. Lo se…soy una pringada.

El viernes, ellos, es decir, Molly, Sam y Romeo, éste último como guía turístico, se levantaron prontito para aprovechar la mañana (una mañana de lluvia preciosa, tengo que decir) y aprovecharon para ver los Valles Pasiegos de Cantabria, toda la zona de Selaya con sus fantásticas cabañas perdidas en las montañas, y, como no, darse un suculento desayuno a base de Sobaos Pasiegos y Quesada. Después, de vuelta a por mí, que estaba en la oficina, ¡¡TRABAJANDO!!, en fin…sin comentarios, pararon a ver alguna playa y alguna cala, entre otras cosas.

Obviamente llegaron tarde y no solo me tocó esperarles un buen rato sino que, además, llegaron con una enorme sonrisa dibujada en su cara, que me puso los dientes largos, claro, porque oye, por mucho que yo ya conozca esos hermosos lugares, siempre apetece volver. Pero bueno, al menos me han prometido enseñarme sus respectivos pueblos, (y también Toledo, que nos queda bastante cerca según parece), cuando seamos Romeo y yo los que les visitemos a ellos. Así que ya estoy contenta, jiji

Después, de vuelta en casa, vermú, comida, siesta, y luego pusimos rumbo a Santander, porque aunque a Romeo y a mí no sea lo que más nos guste de la zona precisamente, pues resulta que la gente se marcha encantada de allí, así que teníamos que enseñárselo, además, no nos quedaba tan lejos y oye, una vez allí, que nos quiten lo bailao.

Allí, dimos un enorme paseo por el Puerto Marítimo hasta el Palacio de la Magdalena, y luego caminamos hasta el Sardinero porque querían ver todas las playas, y el Casino y esas cositas.

La idea era cenar de pinchos en el centro, pero al volver al coche vimos un restaurante muy cuco que está en la mismísima playa (algo que me repatea el hígado, pero bueno) y decidimos probar suerte allí. Como cabía pensar, estaban todas las mesas llenas y nos tocaba esperar un buen rato, así que nada, nada, al centro a por unos pinchos, no sin antes reservar mesa para la noche siguiente.

Ya de vuelta en el centro (de Santander) nos pusimos ciegos de pinchos, y luego nos tomamos un par de copitas al aire libre, sentados en las escaleras de la Plaza de Cañadío, donde había un ambientazo como pocas veces he visto desde que tengo uso de razón. Después de todo el bochorno del día se estaba muy bien al aire libre, mmmm…y allí, sentadas tranquilamente y con una copita en la mano, Molly y yo pudimos, por fin, explayarnos un poco entre nosotras, o lo que es lo mismo, cotillear como auténticas cotorras.Pero nos supo a poco, jeje.

Al llegar al nuestro puebluco, vimos desde el coche que había una estupenda romería y fue entonces cuando recordamos que el municipio estaba de fiestas. Por supuesto había que ver aquello, así que nos bajamos del coche, tomamos algo, bailamos un poco, cantamos, cogimos unos churros y para casa. ¿Ah! y yo me reencontré con un viejo amigo del al que hacía miles de años que no veía y que, casualidades de la vida, ahora es, al parecer, vecino nuestro, jeje…Estuvo bien.


Ya en casa, la idea era zamparnos los churros con un rico chocolate, pero estábamos tan cansados que ni acordarnos de los churros oye, y a la cama que nos fuimos de cabeza. Y menos mal, porque al día siguiente, sábado....Continuará (y, además, con fotos)